"Mamá, ¿por qué tienes esa cara?
Es que te veo tan... Apagada..."
Se me pusieron los pelos de punta cuando el otro día iba en el autobús de vuelta a casa y de repente escuché a una niña decir esto. Mi sorpresa fue cuando vi que la niña no tendría más de cinco o seis años, y miraba a su madre, sentada junto a ella, con un signo de preocupación totalmente sincero en los ojos.
No pude evitar observar cómo la madre, con la mirada al frente, perdida, desprendía una mezcla de preocupación y tristeza, que tal vez no fuese más que puro agotamiento o aburrimiento.
El caso es que me llamó la atención la perspicacia de la niña, y cómo enseguida supo que, fuese lo que fuese aquello que le rondaba la cabeza, lo que su madre necesitaba era un abrazo. Y eso hizo, abrazar a su madre, a pesar de no obtener respuesta a su pregunta.
Y ahí me quedé yo, con cara de tonta, mirando cómo la niña rodeaba con sus pequeños brazos el cuello de su madre. Pensando lo mucho que nos cuesta a los "mayores", ya no abrazarnos o demostrar el cariño que nos tenemos los unos a los otros, sino simplemente detectar cuándo los que tenemos al lado necesitan nuestro abrazo.
No sé en qué momento de nuestras vidas crecer se convierte en sinónimo de seriedad e individualismo, como si necesitásemos demostrar al mundo que somos fuertes y autosuficientes. Que no necesitamos a nadie, dando por hecho que cada uno tenemos que hacer nuestro camino solos, y que los demás tampoco necesitan nada de nosotros.
Cómo nos gusta engañarnos a nosotros mismos, cuando en el fondo sabemos que no seríamos nada sin todas esas personas que nos han ayudado a ser lo que somos y a llegar donde hemos llegado.
Desde aquí doy las gracias a esa niña que el otro día me recordó que el mundo sería mejor si todos apartásemos un poco la mirada de nosotros mismos y empezásemos a observar un poco más (y mejor) lo que tenemos alrededor.
You can't always get what you want, but if you try sometimes, you'll get what you need
22 marzo, 2018
20 marzo, 2018
Miradas de amor y miedo
Me refugié durante tanto tiempo
en el fondo de tu
mirada,
que el verde grisáceo
de tus ojos
se convirtió en el
color de mi cielo.
Me aferré tantas veces
a tus brazos,
que ya casi no notaba
el frío del invierno
cortando mi piel en
pedazos.
Me perdí de tu mano
tantas noches,
que olvidé cómo seguir
el camino en un mapa
sin que tú me ayudases
como guía.
Te busqué tantas veces…
Tantas veces volví a tu
encuentro…
Y es ahora,
que te miro en la
distancia y te veo entero…
Ahora me doy cuenta
que aquello que había en tu mirada
no era amor, sino miedo.
16 marzo, 2018
Estrellas
Difícil podría ser la palabra que definiera la vida.
Difícil por las situaciones a las que nos enfrentamos cada día, y difícil también por las decisiones que vamos tomando en cada una de ellas.
No lo sería tanto con algunas indicaciones, con un pequeño manual de instrucciones.
Y el caso es que esas guías existen, pero igual que es difícil la vida, también lo es encontrarlas. Identificar esas pequeñas cosas que, como estrellas, nos van guiando y ayudando a continuar nuestros caminos no es para nada fácil. Pero lo importante es que existen. Aunque no siempre las veamos, las estrellas están ahí, detrás de las nubes o eclipsadas por la luz del sol, esperando al momento justo para empezar a desprender su magia. Y eso es suficiente para estar alertas, para animarnos a buscarlas, a abrir los ojos para verlas cuando aparezcan.
El reto que cada uno de nosotros tenemos es aprender a identificar cómo son nuestras estrellas. Únicas y diferentes ante cada mirada que las observe, independientemente de que sea la letra de una canción, un sueño, una conversación robada en el metro o el cruce de miradas con un desconocido. Cada persona tendrá sus estrellas y las encontrará en el momento justo, cuando su mirada y su corazón estén preparados para seguirlas.
Da igual de qué manera se presente aquello que nos haga ver qué decisión debemos tomar o por qué puerta tenemos que continuar nuestro viaje.
Lo importante es que esas señales, esas estrellas, están ahí, y muchas veces más cerca de lo que pensamos.
Tan cerca que incluso nos cuesta distinguirlas en medio de la rutina y de las sombras que se instalan poco a poco en nuestra vida. Tan cerca que incluso pueden llegar a ser parte de nosotros mismos.
Porque a veces la única indicación que necesitamos es aquella que aparece en nuestro corazón al cerrar los ojos y escuchar en el silencio.
14 marzo, 2018
Aunque sea una locura
Podría decirte que será fácil.
Jurarte amor eterno.
Agarrar tu mano con fuerza y tirar de ti.
Arrancarte de tu mundo, ese con tantas raíces,
para traerte a este mío,
en el que abunda la sombra,
y no precisamente la del árbol bajo el sol.
Podría decirte que no hay por qué tener miedo.
Que los monstruos sólo están en tu cabeza,
y que si los miras a la cara
se asustan y desaparecen.
Podría intentar decirte tantas cosas,
convencerte de que éste es el camino,
que vamos bien,
que no nos vamos a equivocar.
Y te estaría mintiendo.
Porque sé que no será fácil.
Que en mi cabeza también hay monstruos
que parecen muy reales.
Que no tengo ni idea
de si éste es el camino.
Pero sí puedo decirte
que debemos intentarlo.
Aunque sea una locura.
Jurarte amor eterno.
Agarrar tu mano con fuerza y tirar de ti.
Arrancarte de tu mundo, ese con tantas raíces,
para traerte a este mío,
en el que abunda la sombra,
y no precisamente la del árbol bajo el sol.
Podría decirte que no hay por qué tener miedo.
Que los monstruos sólo están en tu cabeza,
y que si los miras a la cara
se asustan y desaparecen.
Podría intentar decirte tantas cosas,
convencerte de que éste es el camino,
que vamos bien,
que no nos vamos a equivocar.
Y te estaría mintiendo.
Porque sé que no será fácil.
Que en mi cabeza también hay monstruos
que parecen muy reales.
Que no tengo ni idea
de si éste es el camino.
Pero sí puedo decirte
que debemos intentarlo.
Aunque sea una locura.
14 junio, 2017
Lo intenté
Juro que lo intenté con todas mis fuerzas.
Con toda mi alma.
Intenté convencerte de que era posible.
De que juntos podíamos conseguirlo.
Convencerte de que tu pasado no era tan fuerte
como para aplastar tu futuro.
Y mucho menos el nuestro.
Intenté hacerte ver que la oscuridad que había en
tu mente
no era ni una mota comparada con la gran luz
que podíamos desprender
al cogernos de la mano.
Lo intenté.
Dándolo todo, dejándome la piel.
Y nunca me importó llamar a tu puerta 57 veces,
sabiendo que no me habías abierto las 56 anteriores.
Trepar hasta tu ventana sin cuerdas ni escaleras.
Chocarme contra tu muro 83 veces,
y aun así,
empezar la carrera 84.
Lo intenté.
Intenté que creyeras en mí.
Que confiases en mí y dejases atrás tus miedos y tus
dudas.
Que creyeras en un nosotros.
Pero, sobre todo, que creyeras en ti.
Y fracasé.
Mis ganas no fueron suficientes,
y con todos mis
intentos fracasé.
Cómo me gustaría tener las fuerzas suficientes
para seguir intentando salvarte...
Pero no, ya no puedo.
Mejor utilizar lo poco que me queda
para intentar
salvarme a mí.
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