09 mayo, 2014

"All you need is... ¿Live?"

Paseaba. Hacía rato que había salido de su casa y que andaba por las calles de su pequeña ciudad sin un rumbo fijo. No iba a ninguna parte y no buscaba nada. Necesitaba escribir, respirar aire limpio, pensar, y su intuición le había hecho levantarse de un salto del sofá, apagar la radio y salir a la calle en busca de tranquilidad e inspiración. No sabía si la encontraría. Hacía tiempo que parecía haberse olvidado de ella, pero siguió buscándola, doblando esquinas, cruzando parques y pateando calles por las que nunca había pasado.

Le dolían los pies. No sabía cuánto tiempo llevaba divagando por aquellas calles, tan cercanas y a la vez tan desconocidas, como un espíritu invisible a los ojos de la gente. Se había perdido en sus propios pensamientos, y cualquiera que la viese pasar de largo diría que vive en otro mundo. Pero no. Simplemente andaba distraída, y a la vez atenta a todo lo que pasaba por su lado, pero sin que se notase.

En su paseo había visto pájaros cantando en las copas de los árboles, niños jugando con sus abuelos en el parque, gente paseando a sus perros, una niña que lloraba de la mano de su madre, un anciano que sonreía de la mano de su mujer inválida, una pareja peleándose en la puerta de una pequeña urbanización, un grupo de jóvenes preparando una fiesta...

Tenía sus sentidos abiertos a todo tipo de estímulos, y lo captaba todo con la fiereza de quien sale a la vida por primera vez después de un largo período de encierro. Buscaba inspiración, y la buscaba en cualquier parte, en cualquier escalón, detrás de cada esquina y tras cualquier sentimiento que sus sentidos le permitiesen detectar.

Y de repente se topó de frente con ella. No la había visto venir y no sabía por donde había llegado, pero la sintió como un latigazo en las costillas, como una chispa de energía provocando un cortocircuito, y su mente se colapsó. La idea había aparecido en su mente como escapando de un cajón oscuro cerrado desde hace años, como el espíritu escapa del cuerpo al que se le ha arrebatado la vida de repente.

Impaciente y temblando por la excitación, buscó un lugar donde sentarse, abrió su mochila, sacó su inigualable boli Bic de tinta azul, y se abandonó a la escritura. Las ideas llegaban a borbotones a su cabeza, y sus palabras no dejaban de fluir, como el agua de un río deseosa de mezclarse con la salazón del océano, sobre el inocente folio en blanco.

Perdió la noción del tiempo. Parecía poseída por una fuerza sobrehumana que empuñaba su muñeca y la hacía bailar sin control, y cuando releyó lo que había escrito incluso se sorprendió de su capacidad para expresar sus sentimientos más hondos de una forma tan sencilla y a la vez tan bella.

Se había deshecho de los Monstruos y los Miedos que le estrechaban la boca del estómago unos días antes. Por fin se había curado, y sus palabras rebosaban vitalidad. No había ni rastro de esa extraña bacteria que se había introducido meses antes en su cuerpo disfrazada de falso amor, y al abandonar la nube en la que había viajado hasta lo más profundo de su alma sin conciencia, levantó la mirada y un enorme muro pintado enfrente de ella le devolvió la sonrisa con 5 palabras:

ALL                   YOU 
  NEED      IS...  

LOVE
                      LIVE  
     

02 mayo, 2014

Aquí, Ahora y Conmigo

Esta noche quiero estar contigo
En mi cama, los dos juntos.

Que me abraces, que me beses
Que me susurres que me quieres
Al oído, sin prisa y sin presiones.

Que me bajes la Luna si hace falta
O te la bajo yo a ti si no puedes.

Que me mires a los ojos
Que me cures las heridas
Que seques mis lágrimas
Y me robes las sonrisas.

Y que no te dé miedo
Mirar bajo mi caparazón
(O bajo mis sábanas)

Que te asomes a mi balcón
Que me cuentes las estrellas
Y me cantes al oído

Porque esta noche, amigo,
Esta noche te quiero

Aquí, Ahora y Conmigo

Con la Luna de testigo
Reflejada en mi ventana.

Y admirarla hasta el amanecer
Los dos juntos, desde la cama
Para huir por la mañana
De la mano, sin agobios.

Dos locos sobre el mundo
De la mano por Madrid.

Y recorrer parques y museos
Y tú me recitas mientras yo te pinto.
O al revés.

Pero eso mañana
Que la noche acaba de empezar.

Date prisa, por favor
No tardes

Que tengo frío si no estás
Y tu sombra me amenaza
Con fugarse con el Sol 
Por la mañana

Si no apareces pronto por mi cama.

30 abril, 2014

Sale el sol, ¿y ahora qué?

     El sol ha vuelto salir, y esta vez parece que quiere quedarse. 
     Cuenta la leyenda que al amanecer se libró una batalla mortal en el celeste del cielo. Que Apolo sacó sus caballos dorados y que luchó contra los ejércitos de nubes grises que cubrían el inmenso campo azul.
     Y yo, que no soy de creer en leyendas, estoy por creérmelo. Porque hoy me ha despertado un rayo de sol, y no la lluvia que golpeaba mi ventana desde hace días. Por eso y porque hace calor.
     Hacer calor, y yo sólo siento el frío en mis pestañas. Un frío que parece no querer abandonar la humedad de mis ojos. Estoy por mudarme a vivir en ellos, porque se debe vivir bien cuando ni siquiera el frío quiere abandonarlos... 
     Al menos en invierno el tiempo iba a conjunto conmigo. Ahora, ¿cómo voy a guardar mi caos interno de los ojos del mundo si el calor me incita a quitarme capas? ¿Cómo podré disimular mi frío interno sin la ayuda de cuellos altos y un jersey de lana? ¿Cómo podré esconder el gris de mi corazón apagado bajo un cielo azul celeste? 
     Por la mañana el sol iluminará mis pupilas. ¿Podrá hacer también que desaparezcan mis nubes de miedos de ellas? ¿Podrá el sol también sustituir a quien fue mi Sol durante el frío invierno?

09 marzo, 2014

No es un "Adiós", sino un "Hasta luego(?)"

     ¿Sabes? No sé cómo ni por qué, pero creo que mi subconsciente por fin ha decidido olvidarse de ti. Vaya, qué contrariedad, ¿no? Y te preguntarás, si te estoy escribiendo, cómo puede ser que me haya olvidado de ti.
     Bueno, en teoría no te he olvidado, porque ¿cómo se puede olvidar algo que amas? Es imposible... Pero no sé si habrá sido el sol, que ha decidido salir a calentarme después de tanto tiempo en penumbras, o tal vez haya sido el almendro en flor que me he encontrado paseando esta mañana. Lo cierto es que, de una forma u otra, por fin he aprendido a vivir sin ti.
     Y es que lo estaba deseando. No podía seguir lamentando haber perdido mis sueños rotos, como tampoco podía seguir intentando construir castillos en el aire para que se derrumbasen a los dos días.
     Un día me dijeron que las cosas que son perjudiciales para la mente había que desecharlas, y, bueno, lo siento, pero tú eras una de esas cosas... No podía seguir avanzando a ciegas, obligándome a creer que si me chocaba contra las paredes del túnel o me caía en un pozo tú estarías allí para recogerme.
     Ya me hubiese gustado a mí perderme por las calles de Madrid contigo de la mano, y partirme de risa en medio del lago del Retiro por no ser capaces de mover la barca del sitio...
     Pero bueno, también me dijeron que las derrotas no se lloran, se asumen, y yo ya he llorado suficiente como para llenar los canales de Venecia al menos dos veces. Así que llegó la hora de dejar paso a la primavera, que ya está cerca, y de dejar que los pájaros puedan volver a anidar y cantar dentro de mi.
    Al contrario de lo que piensas, esto no es una despedida. Simplemente estoy haciendo hueco entre medias de mi caos, y quería que supieses que ya no ocupas el mismo lugar, por si algún día decides regresar y te encuentras tu sitio ocupado por otro, para que no te asustes. Si ese día llega, no dudes en preguntarme dónde está tu nuevo lugar dentro de mí, estaré encantada de mostrártelo. Siempre me ha gustado tratar bien a mis invitados.
    Y, bueno, ahora que ya estás advertido, sí que puedo decir aquello de: HASTA LUEGO (?)

16 febrero, 2014

Los ojos de la Muerte

     Un sudor frío empapaba mi frente, y una gota caía por cada lado de mi rostro, naciendo en el mar que inundaba la parte alta y recorriendo cada centímetro de mi cara, dibujando con un halo salado la línea de mis cejas, bajando por el párpado hasta alcanzar la nariz, donde las dos gotas gemelas se unían en una sola, un poco más grande. Desde ahí bajaban, ya de la mano, hasta mi boca, acariciando mis labios y llenando mis papilas gustativas de ese sabor que caracterizaba a las gotas insípidas de la lluvia mezcladas con la acidez de las gotas de sudor. Esa gota (gotas) había recorrido la cordillera de mi cara, recogiendo toda clase de sustancias y dejando una fina línea casi transparente dibujada a su paso. A esas alturas ya no podía distinguir si el líquido húmedo que bañaba mi cara era sudor, lágrimas o el agua que caía de forma torrencial de las nubes.
     La lluvia caía fuertemente, descargando toda su furia sobre mí en la profunda oscuridad del bosque. Debería haberme percatado de que las lluvias en Abril no eran aún “nubes de verano”, pero en ese momento mis pensamientos estaban colapsados y no quedaba ni una neurona libre en mi cerebro. Todas estaban ocupadas intentando dar órdenes a mis piernas para que no cesasen en la carrera y aumentasen en su velocidad. Otras hacían todo lo posible para disuadir a los músculos de mi cuello de la idea de girar mi cabeza hacia atrás, ya que sabían que mis jóvenes e inexpertos ojos no estaban preparados para afrontar la visión de lo que se suponía que había tras de mí. Sin duda, la naturaleza es sabia.
     A ello se sumaba un viento helado que soplaba en mi contra, como todo en aquella húmeda noche de Abril. Sus soplidos silenciaban mis gritos, y cada vez que abría la boca para coger oxígeno el frío viento entraba en mí, intentando apoderarse de mi voluntad, desgarrándome los pulmones y disminuyendo mis cada vez más débiles fuerzas.
     Aún así sucumbí a la tentación de dejarme caer, de abandonarme a mi suerte, poniéndome en manos de lo que se suponía que me perseguía a través del bosque. Todo habría sido más fácil, más rápido y menos doloroso si me hubiese ocultado detrás algún arbusto a esperar a que el destino me encontrase para sellar la sentencia ya firmada en el momento de mi nacimiento. Sin embargo seguí corriendo. Conseguí convencerme de que era demasiado joven para morir. Mi vida acababa de empezar hacía apenas unos pocos años, y no podía dejar que mis sombras me la arrebatase en la soledad del bosque. Era un final que no merecía.
     La lluvia seguía cayendo, el viento seguía soplando, y yo seguía corriendo. Podía notar las ramas romperse bajo mis pies, atravesando y desgarrando mi fina piel. El calor de la sangre en la planta de los pies era lo único reconfortante que podía encontrar en esos momentos. De vez en cuando mi pisada se clavaba en algo suave y crujiente que, quise suponer, eran hojas caídas de los árboles. Los arañazos y las heridas cubrían cada parte de mi cuerpo. Signos de la lucha contra toda clase de árboles y plantas que se interponían en mi carrera por llegar lo antes posible al pueblo y salir de aquel endiablado bosque.
     Hacía tiempo que los calambres habían abandonado mis piernas, y mis células entumecidas y agarrotadas por el frío y el miedo ya no eran capaces de sentir ni el más mínimo atisbo de dolor.
     Un rayo de esperanza me inundó de repente. Ya podía ver, en la lejanía, las primeras luces de las casas del pueblo. Estaba cansada y no sentía la mayor parte de mi cuerpo, pero la efímera visión de estar rozando con la punta de los dedos la salvación, la vida, me impulsó a seguir corriendo. Estaba cada vez más cerca de la victoria. No podía parar ahora. Sólo necesitaba la pequeña iluminación de una vela para ahuyentar a los monstruos que me perseguían.
     Pero entonces, apareciendo de la nada, algo se interpuso en mi camino, golpeándome de lleno en la boca del estómago. Caí al suelo semiinconsciente por el agudo dolor. Parecía que la endemoniada rama me hubiese traspasado por completo, y mi vista se nubló al tiempo que mis rodillas se doblaban y la vida escapaba lentamente por el vaho que salía de mi boca.
     De fondo, un leve sonido erizó mi piel y sentí cómo el flujo de la sangre disminuía su velocidad, a pesar del agitado golpeteo de mi corazón contra mis costillas. Eran ellos. Podía escuchar cómo se acercaban lentamente, ahora que sabían que estaba desprotegida. Sentí su aliento chocando contra mi empapada nuca, y conseguí darme la vuelta para huir justo cuando un rayo de luna se abría paso entre las nubes y las copas de los árboles. Y entonces los vi. Estaban todos. El Miedo, la Tristeza, la Soledad… Todos me rodeaban, clavándome sus ojos rojos como flechas en llamas a la tenue luz de la luna. La luna, que tantas veces había sido mi compañera y confesora, ahora me mostraba cruelmente el final de mi camino. Nada de lo que había hecho hasta entonces tenía ya sentido. Todas mis luchas por alcanzar mis sueños y mi salvación no habían servido más que para llevarme a morir a manos de mis monstruos, llenos de rencor y sedientos de venganza. Pero mi sufrimiento no acabaría tan fácilmente. Un nuevo rayo se abrió paso en mi cabeza, taladrando mis recuerdos y mostrándome la causa que me había llevado hasta allí.

Él. 

     Por él había abandonado mis miedos y mis monstruos. Por él me había arrancado las corazas, y había derrumbado los ladrillos que rodeaban mi corazón. Él me había devuelto la esperanza, la vida, y había jurado protegerme de Ellos. Pero él se había marchado. Él me había abandonado, dejándome sola y débil, llevándose la llave de mi corazón en su bolsillo, y dejando la puerta abierta.
     Ahora ya no había vuelta atrás. La furia y el rencor se habían apoderado de mí, mientras mis monstruos me acariciaban suavemente el pelo. Y de repente la muerte no se me antojó tan amarga. Él era el desencadenante de aquella situación. Sólo él y sus falsas promesas eran los culpables de mi muerte. Así que, por primera y última vez en mi vida, no luché, y me abandoné a mi destino, decidida a vivir “en paz” con los únicos que jamás me habían abandonado.